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03:19am 21/04/2008
 
 
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HABLA ALBERTO

Ayer desperté y mi ángel negro despertó conmigo. Por lo general no suele ser una gran fuente de problemas. Como se viene a decir, "lo tengo amaestrado". A veces tan sólo planea sobre mi cabeza como una nube negra, proyectando su sombra sobre los objetos. Otras me araña en el costado como un gato traicionero, y se marcha rápidamente sin ni siquiera despedirse.

Pero a veces, como ayer, se levanta rabioso, ardiendo en ganas de molestar. Cuando le da por ahí poco importa que trate de ahogarle con los programas de televisión de media tarde, o con pornografía bajada de Internet, pues eso tan sólo le calma unos instantes, para luego saltar nuevamente sobre mí tomándome por sorpresa, aprovechando alguno de esos momentos en los que me despisto y dejo vagar mi mente.

No, en días como el de ayer la única opción es plantarle cara, salir a la calle y caminar como un perro apaleado, con la cabeza agachada y los hombros hundidos, combatirle con las manos metidas en los bolsillos de una gabardina sucia, atravesar casi sin mirarlas las callejuelas del Raval, hasta que finalmente se de por vencido, se marche y me deje en paz.

Por supuesto, toda batalla es un asunto complejo. Como en los asedios a las fortalezas medievales, se trata de un progresivo desgaste del asediado y del asediante. El primero de los ejércitos en acabar enfermo y sin alimentos perderá el derecho a la conquista. Por eso, mi enfebrecida caminata fortificado en la gabardina se acaba prolongando en la mayoría de los casos hasta altas horas de la madrugada, momento en el cual o bien me siento a recuperar el aliento como un vencedor liberado, o bien me dirijo al bar de peor aspecto a brindar con el enemigo, como corresponde a todo buen derrotado.

Anoche, por ejemplo, la batalla con mi ángel negro me encontró dando vueltas como un loco a la una de la mañana por un lugar cercano a la Rambla del Raval, una calle en la que suelen parar las putas. Me despertó del "trance" una de ellas, a la que había intentado esquivar pasándome a la acera de enfrente (lo siento, ya sé que hacen su trabajo, pero me resulta muy incómodo que me susurren sus mercancías al oído). Molesta, había escupido un "no te acerques a mí hijueputa", y había regresado a su esquina.

Así que, arruinada mi concentración, decidí parar un momento y realizar una corta "tregua" con el enemigo en una plaza cercana. Era uno de esos lugares con el suelo liso empedrado, diseñados con la intención de "no romper" la estética de las calles cercanas. Las losas de piedra brillaban por la humedad, sin duda habrían sido regadas unos minutos antes. De varios agujeros circulares regularmente dispuestos crecían decenas de estrangulados arbolitos, que algunos paseantes habían aprovechado para encadenar en ellos sus bicicletas.

Me encontraba sentado en uno de los laterales de la plaza, atontado y confundido, como correspondía a mi estado mental del momento. Miraba de uno a otro lado, a las siluetas de las parejas y los caminantes solitarios que cruzaban frente a las luces de las farolas, y a las putas que vagaban de uno a otro lado de la acera y susurraban vagas promesas al oído ("¡Vamos!"), cada vez más cercanas a transformarse en súplicas.

Fue entonces cuando ví a una chica apoyada de cara al muro junto a la entrada a un Hostal de lamentable aspecto. Me llamó la atención su posición, con los delgados brazos dejados caer a ambos lados de su cuerpo, completamente quieta. Un grupo de ruidosos ingleses pasó por su lado y ella torció su menudo cuerpo pudorosamente, dándoles la espalda. Entonces ví que lloraba.

Tenía una forma encantadora de llorar, arrugando la pequeña nariz y la barbilla, dejando correr las lágrimas libremente por las mejillas. Si no fuera por ellas, podría haber parecido concentración en vez de llanto. Daba la impresión de tener mucho cuidado en no llamar la atención sobre sí misma. Evidentemente la avergonzaba que la vieran vulnerable. Ese pudor la hacía aún más encantadora a mis ojos.

Dudé antes de acercarme a ella. En el Raval, de madrugada, cualquier persona acercándose a otra puede ser vista más como una amenaza que como una ayuda. Así, cuidé mucho de suavizar mi tono de voz al abrir la boca.

- ¿Estás bien?

Se volvió hacia a mí con cierta brusquedad juvenil. Tendría unos veinte años, era una chica muy atractiva. Vestía una cazadora vaquera y un vestido negro de lycra ceñido, muy poca ropa para el frío de aquella noche, pero eso a ella no parecía molestarle. Dudó unos segundos antes de contestar.

- Sí, bien, gracias.

Por su acento supuse que era argentina o chilena. Argentina, probablemente. Miraba impúdicamente hacia adelante, logrando ponerme con ello nervioso. Pero no huía ni daba muestras de querer que me marchara, así que proseguí.

- ¿Qué te ha pasado? ¿Quieres hablar de ello?

Ella se encogió de hombros.

- No te conozco a vos de nada.

- ¿Y qué? Ahora estás hablando conmigo, ¿no?

Suspiró.

- He perdido a mi hermano Valentín. Venía conmigo todo el tiempo. Llevo media hora recorriendo las calles y no consigo encontrarlo por ninguna parte...

Un nuevo acceso de lágrimas la obligó a enmudecer y a girar de nuevo la cara pudorosamente en dirección al muro.

- No te preocupes. Vamos al último lugar en el que estuviste con tu hermano y buscamos desde ahí. ¿De acuerdo? ¿Cómo te llamas?

- Giselle - dijo, y al hacerlo asintió dando su aprobación de pobre criatura derrotada.

Me condujo a través de las calles cercanas, por los solares de edificios en construcción. Mientras caminaba me preguntó qué hacía allí solo aquella noche. ¿Cómo podía responderle a eso sin que me tomara por un loco?

Mi ángel negro quiso atacarme de nuevo, aprovechando el final de la tregua. Me mostró aquella vez, hace tiempo, en la que Ella y yo caminábamos en dirección al aeropuerto. Ella llevaba su bolsa al hombro y me escupía entre dientes un "me aburres", sin mirarme a los ojos.

Mi ángel negro siempre ha gustado de los recuerdos deliciosamente amargos.

- De vez en cuando - contesto a Giselle - me gusta dar una vuelta solo por la noche. Me aclara las ideas. Soy soltero y estoy desempleado, así que no tengo otra cosa que hacer. ¿Y tú? ¿Por qué has querido salir a dar una vuelta con tu hermano?

Ella meneó la cabeza, molesta.

- Ya... Pensás que no debería, ¿no?

- No, no quise decir eso.

- Pero mirá. Mis viejos siempre lo tienen encerrado en casa. Y si sale no es sino de la mano de uno de ellos. Tenés que verle cómo está todo el tiempo, la cara que pone... todo triste, en un rincón. Qué querés, yo no tengo corazón para verlo así cada día y no buscar el modo de animarlo.

- ¿Tus padres no quieren que salga de casa?

Ella negó con la cabeza. Cuando hablaba sobre su vida no me miraba a los ojos, transformándome (o eso me hacía sentir) en una especie de interlocutor abstracto con el que podía sincerarse.

Me contó que tenía dieciocho años, y que había llegado a España hacía tres, junto a sus padres y a su hermano, aunque tan sólo llevaba dos de ellos en Barcelona. Aquella noche había aprovechado que sus padres se habían marchado de viaje, dejándola a cargo de la casa, para marcharse "de joda" con su hermano Valentín. En un determinado momento, no hacía mucho, le pidió que la esperara a la entrada de un bar mientras ella usaba los servicios. Cuando salió, su hermano había desaparecido.

- Mirá, este es el bar. - Me señaló un viejo antro de puerta de madera. A través de la cristalera se adivinaban las luces y la gente acodada en la barra, como sumergidos en un océano de somnolencia.

- ¿Ya has mirado aquí dentro?

- Pero acá no está. ¿No ves que no está?

- Giselle, yo no se cómo es tu hermano.

Me miró como si se diera cuenta repentinamente de que estaba ahí.

- Perdoname. Sos un capo, Alberto. Es mucho lo que estás haciendo por mí ahora.

- No te preocupes. Venga, vamos a buscar por los bares aquí cerca. ¿De acuerdo?

Habíamos llegado a un cruce algo más concurrido. Grupos de jóvenes entraban y salían de los bares, discutiendo a gritos y riendo. Apoyados en la alta verja de metal que rodeaba un solar cercano, dos extranjeros intimaban y se contaban cosas al oído. Un pakistaní se movía entre las multitudes, intentando vender latas de cerveza.

En un local acristalado en una de las esquinas había una especial animación. Un nutrido grupo de amigos catalanes reían las gracias de un chico de unos veintitantos años, con el síndrome de Down. El chico, consciente de la atención que estaba despertando, realizaba amplios movimientos con los brazos y emitía sonidos guturales. Saltaba con los pies juntos, tropezaba y tiraba cosas, encantado con las carcajadas que despertaba a su alrededor.

- La concha de... - murmuró Giselle, con los dientes apretados.

- ¿Qué? ¿Qué pasa...?

Pero Giselle, sin escucharme, se dirigió al local acristalado. Empujó sin contemplaciones la puerta (apartando bruscamente a un chico borracho que estaba apoyado en ella) y se plantó frente al grupo de catalanes. Era impresionante verla a través de la cristalera, tan pequeña y al mismo tiempo tan temible, agarrando con una de sus manos al chico "Down" y señalando con la otra al coro de bromistas que, aterrorizados, se apartaban de la chica y la miraban empequeñecidos por tanta energía.

Entré en el local, curioso.

- ...¡Es mi hermano! ¿Entendés? ¡No un mono de feria del que puedan reirse!

- ¿Pero nosotros qué sabíamos? - intercedía una chica, abriendo los brazos con gesto indefenso - Le encontramos en la calle solo y asustado, y le ofrecimos que viniera con nosotros...

- ¡Pues buscan ayuda! ¡O llaman a la policía! ¿Qué pensaban hacer cuando se hartaran de él? ¿Arrojarlo a un contenedor?

No, definitivamente aquella "guerra" había dejado de tener nada que ver conmigo.

Salí y me senté junto a la verja de metal del solar. Me dí cuenta entonces de que todo mi deseo de acompañar a la chica y ayudarla había surgido de la necesidad de olvidar por un momento mi batalla, de "vivir" en los problemas de ella y olvidar los míos. Pero mi ángel negro se reía agazapado. No se huye de él tan fácilmente. "Volveré", debió haber pensado, "cuando la chica se haya olvidado de él, regresaré para martirizarle de nuevo". Y regresó, claro que regresó.

Me hizo recordar aquella vez en la que Ella y yo discutíamos en el comedor de su casa, antes de que todo se fuera a la mierda. Ella me miraba y me suplicaba. "¿Qué? ¡Dímelo!" Pero chocaba una y otra vez con mi obcecación, con mi enfado. "No, nada"

No, nada, no tengo nada que decirte. Si algo queda por decir, te toca a tí decírmelo, no a mí. A eso me refería. Y sin embargo...

¿Si no quedaba nada por decir, por qué aún hoy sigo pensando en Ella?

- Alberto...

Levanté la mirada sorprendido. Giselle estaba a mi lado tocándome el hombro, sonriente.

- ¿Te marchás siempre sin despedirte? Dejame por lo menos presentarte a mi hermano...

Llevaba de la mano al chico "Down" que había visto antes. Un chico tremendamente corpulento, de pelo negro enmarañado y mandíbula cuadrada. Un plumífero embutía su desgarbado cuerpo. Claramente evitaba mirarme, no se si por miedo o por desinterés.

- Éste es Valentín. Es un poco tímido, pero no se lo tengás en cuenta.

- Hola, Valentín.

Valentín seguía sin mirarme.

- Bueno. ¿Ya pasó el susto, no? ¿Ves como todo se arregla?

- Sí, claro... - Giselle sonrió con esa coquetería inconsciente con la que sonríen las chicas que se saben guapas - Te tengo mucho que agradecer a vos.

Yo no estaba de humor.

- Muy bien. Me alegro de que todo haya terminado así. Pasadlo bien. Y no os acostéis muy tarde, ¿vale?

- ¿Ya me querés echar? - Giselle rió, un poco molesta - Alberto, te tengo mucho que agradecer. Tomate una cerveza con nosotros. No creo que vayamos a regresarnos muy tarde. Valentín está agotado.

Suspiré y me levanté asintiendo. "Venga, vamos." Si esto hubiera sido una película estadounidense, probablemense se hubiera podido ver a mi ángel negro ocultarse en las sombras con un rugido de frustración.

Recuerdo que todo me parecía especialmente irreal mientras caminábamos. Las caras de la gente, sus gestos, el reflejo de las luces sobre los ojos y los dientes... Me agobiaba abrirme paso entre la multitud, siguiendo a Giselle y a su voluminoso hermano "Down" a través de las abarrotadas calles. No se exactamente en qué momento reparé en que ella no había parado de hablar durante todo el tiempo, con su menuda vocecita chillona. Me contaba su vida, se sinceraba otra vez sin mirarme. Me hacía, en fin, volver a sentir como un interlocutor abstracto. Me costaba trabajo entenderla entre el sonido de las voces, la música y las risas, pero sentía que en realidad no hacía falta hacer ese esfuerzo. Bastaba con mirarla, fingir un poco de interés.

Penetramos en un bar de desangelado aspecto, en una de esas oscuras callejuelas laterales. Un local de losas blancas amarilleadas por el humo, mesas de tablero de piedra sobre ornamentadas patas de metal, fotografías en blanco y negro de estrellas de cine de los cincuenta cubriendo cada espacio libre en las paredes, mostrador de cristal con "tapas" de sospechoso aspecto. El típico bar de barrio, casi completamente vacío a aquella hora, a excepción de una pareja de franceses que se besaban obnubiladamente en uno de los rincones.

Un camarero ecuatoriano de severo aspecto se acercó a nosotros y levantó su barbilla, interrogante.

- Yo una caña y para Valentín una Coca-Cola. ¿Y para vos, Alberto?

- Yo una Voll Damm.

El camarero se giró sin decir palabra, ocultándose detrás de la barra. Toda su actitud reflejaba fastidio por aquella clientela molesta que le había obligado a salir de su sopor nocturno.

- Tienen un trabajo de mierda - dije en voz alta, sin darme cuenta.

- Y sí... qué le va a hacer. De algo hay que vivir.

Permanecimos los tres en silencio, casi sin atrevernos a mirarnos. Se me ocurrió que Giselle estaba intrigada conmigo. ¿No me daba a veces la sensación de que intentaba impresionarme? La sola perspectiva de ese inaudito interés en alguien como Giselle me resultaba tremendamente divertida.

- Me voy al baño - dijo, levantándose con brusquedad. - Cuidame que Valentín no se aleje de la mesa, por favor.

Su cuerpo menudo se alejó en dirección a los servicios. Sin su cazadora vaquera, su delgada silueta me recordó la de otro cuerpo distinto, hace ya más de un año. Ella, en el quicio de la puerta de mi dormitorio, de pie, quieta, mirándome.

"Ven", le decía, golpeando la cama con la palma de la mano.

Pero ella seguía de pie, quieta, mirándome. Sus ojos, dos tristes manchas blancas en la oscuridad, me medían, me sopesaban.

"De nuevo el ángel negro", murmuré, dando una patada involuntaria a la mesa. Toqué la superficie de piedra, manchada por el café, la ceniza y la bebida derramada. "Estoy aquí, es de noche, en el Raval. Todo eso queda lejos."

Junto a mí, Valentín rehuía claramente mi mirada. Se me ocurrió que no le caía nada simpático, que estaba molesto por la atención que le estaba arrebatando de su hermana.

- No te preocupes, - le dije en voz alta - no quiero nada de tu hermana. No te la pienso arrebatar.

Pero él no me entendía, claro. Qué ocurrencia.

Tuve entonces la idea de que Valentín sufría. Que aquella mirada perdida y descolocada ocultaba una angustia profundísima. Pero no, me dije, qué tontería. Estaba proyectándome, me decía. En aquel estado podía ser capaz de teñir todo aquello sobre lo que se posara mi mirada con mi estado de ánimo. Incluso un jarrón me acabaría pareciendo presa de un sufrimiento insoportable si lo observaba con la suficiente atención.

(Mentalmente me censuré por comparar a Valentín con un jarrón.)

Giselle regresó a la mesa, justo en el momento en que su hermano lanzaba un monumental bostezo.

- ¿Qué te pasó, bombón? ¿Estás cansado? Dentro de poco regresamos a casa, ¿querés?

Mientras hablaba abrazaba a su hermano y le daba besos en las mejillas. Su cuerpo, arqueado sobre la silla, en aquel ceñido vestido de lycra negra, me golpeó de repente con su rotunda sensualidad juvenil. El arco de la espalda, sus redondos senos adivinándose bajo la tela mientras rodeaba con sus brazos el cuello de su hermano... No se por qué entonces se me ocurrió que había algo tremendamente manipulador, casi exhibicionista en ella. Algo deseoso de poder, de atención sobre sí misma. Algo perverso en ese aparente desparpajo juvenil.

- Alberto... ¿Estás bien?

Y entonces me sorprendieron sus ojos francos y redondos, mirándome con sincera preocupación. Con agradecimiento, incluso, por aquel desconocido que la había ayudado aquella noche. Me sentí un poco estúpido, un poco culpable por catalogarla con tanta facilidad. Decididamente no podía fiarme de mis intuiciones aquella noche.

- Lo siento.

- ¿Por qué lo sentís?

- Lo siento, Giselle. No es mi mejor noche hoy. Siento que me hayas conocido precisamente en este momento.

Giselle tomó mis manos entre las suyas. Aquel repentino gesto de afecto me sorprendió.

- ¿Querés que nos vayamos?

Asentí con la cabeza. Ya estaba bien de noche.

Acompañé a Giselle y a su hermano hasta Plaza Catalunya, y les ayudé a tomar un taxi. La ví acomodar a su hermano con cariñosa precisión sobre el asiento, y después acercarse a mí y plantarme un beso en la mejilla.

- Sos un buen tipo, Alberto.

Quedé de pie en la esquina, agitando la mano mientras el taxi se alejaba entre las luces a lo lejos. De repente, noté que en mi mano había una servilleta arrugada, con algo anotado con letra apresurada. Giselle me la había metido a toda prisa dentro del puño, antes de introducirse en el taxi.

"¿Y qué hago yo", pensé, "con una chica de dieciocho años?"
 
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Historia General de la Máquina Absurda  
10:14pm 19/07/2007
 
 
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HABLA ALBERTO

A punto ya de irme, Mateo me hizo esperar unos segundos en la puerta. Volvió con una bolsa llena de cuadernos con las cubiertas estropeadas, hojas impresas con calidad "borrador", "moleskines" que conocieron una mejor vida...

"Tira esto cuando estés abajo."

E ignorando mi sorpresa, me cerró la puerta en las narices.

Siempre me pregunté si eso a lo que llaman "cajón de sastre" era un espacio físico, un objeto, un concepto o una zona de la memoria. "A Cortázar se le acusa de haber usado ese peculiar cajón de sastre que poseen todos los escritores..." Me hace imaginar un cajón físico justo debajo del escritorio lleno de diminutas notitas arrancadas de cuartillas, hojas manchadas de café, fotocopias de diarios o de libros, en el que alguien introduce su mano para extraer ideas antiguas (para "hacer trampa"), y hacerlas pasar por nuevas.

Si tal objeto existe, Mateo me acababa de hacer entrega de él. En una bolsa del "Lidl", tenía el "cajón de sastre" de mi amigo. Todos sus cuentos inacabados, sus artículos, sus investigaciones, sus dibujos... y la clara instrucción de tirarlos en el tacho de la basura.

Claro, que siempre hay niveles y niveles de instrucciones. Mateo bien podría haberlo tirado él mismo. Pero se tomó el meticuloso trabajo de colocar ordenadamente todas sus notitas en la bolsa, dejarlas en un lugar seco junto a la puerta (no al lado de las bolsas de basura, no -- bolsas de basura de las que tampoco me ha hecho entrega para "completar el trabajo" -- sino encima de la mesita del recibidor) y hacerme entrega de ellas justo cuando estaba a punto de marcharme, con un aire casual demasiado estudiado para no ser artificioso. Me lo imagino seleccionando notitas, sopesándolas con la mirada, luchando contra su indecisión de desprenderse de ellas. Pese a todo su cinismo de travestido de cabaret, Mateo en el fondo es un nostálgico.

Dármelas a mí era una solución de urgencia. Ni tirarlo del todo, ni dejarlo criar polillas en su casa. "Tu sabrás qué haces con eso", parecería decirme. Sentado en su trono pensará en su bolsa, deseando que la mire y la atesore y censurándose al mismo tiempo por desearlo. Entregármela de esta forma le libera de la presión de hacer un juicio de valor, y le proporciona una salida elegante en caso de que algún día algo de todo esto viera la luz. "Yo ya te avisé que era mejor tirarlo."

Por tanto, cumplo con su voluntad al no tirarlo. También al llevármelo a casa, revisarlo, leerlo y estudiarlo, y ahora al escribir en estas líneas los pequeños "tesoros" de mi descubrimiento (eximiéndole, obviamente, de toda responsabilidad) hago exactamente aquello que él esperaba que hiciera. Al fín y al cabo... ¿para qué están los amigos si no?

Uno de los primeros escritos que me llamaron la atención fue un ensayo en torno a una corriente... digamos "artística", que personalmente desconocía: las "Máquinas Absurdas".

Aparentemente, los orígenes de la "Máquina Absurda" son aún hoy materia de discusión. Algunos mencionan como una de sus principales influencias los "perpetuum mobile", esas máquinas que pretendían continuar funcionando eternamente gracias a un único impulso inicial, saltándose a la torera las dos primeras leyes de la termodinámica, y que sirvieron para que todos los excéntricos desocupados inundaran con proyectos absurdos las oficinas de patentes. (A partir de 1910, éstas dejaron de admitir máquinas de movimiento perpetuo: "Los puntos de vista de la Oficina están de acuerdo con los de aquellos científicos que han investigado el asunto y son en definitiva que el movimiento perpetuo es una imposibilidad física." Pero ellos erre que erre intentándolo.) Los detractores de esta teoría de los origenes mencionan que, si bien esos "perpetuum mobile" carecían de una utilidad "real", fueron fabricadas con la intención de poseer una utilidad, y por tanto no pueden considerarse auténticas "máquinas absurdas".

Tampoco podrían entenderse como tales las máquinas de Rube Goldberg (ya sabes: tiro-del-soplete-que-quema-la-cuerda-que-sostiene-el-matamoscas-con-el-que-le-pego-al-gato-que-maulla-asustando-al-ratón-que-gira-la-rueda-dando-vueltas-a-la-manivela-que-mueve-el-cuchillo-que-unta-la-mantequilla-en-la-tostada) porque, aún enrevesadas, poseen una utilidad real. Ni siquiera aquellas de los patafísicos, aunque aquí la razón sea tenue: "Hay una diferencia sutil entre idear una máquina que se sabe inútil para la función que anuncia realizar, y fabricar una máquina con pleno convencimiento y público conocimiento de que no realiza ninguna función." (G. Leyermer, 1972)

Donde sí parecen coincidir mayoritariamente los estudiosos es en señalar a Ada Byron como una de las primeras fabricantes de una máquina absurda.

Ada Augusta Byron, hija de Lord Byron (a quien nunca llegó a conocer), se sintió fascinada por los estudios del matemático e inventor Charles Babbage sobre la "Máquina Analítica"; una máquina calculadora de propósito general, controlada por una secuencia de instrucciones, con una unidad de proceso, una memoria central, facilidades de entrada y salida de datos, y posibilidades de control paso a paso. (Es decir, lo que actualmente conocemos como un ordenador en su versión "pre-electrónica".) Decidió colaborar con él, escribiendo los primeros programas para la máquina e incluso perfeccionó los planos de su maestro hacia 1843. Charles Babbage es considerado actualmente el padre de la computación, y Ada Byron la primera programadora de la historia.

Menos conocido es el hecho de la auténtica fascinación de Ada por lo meramente "estético" del invento. Como escribiría en su diario en 1844, "[...] la danza ordenada de los elementos mecánicos unos en torno a otros, siempre precisos, el giro perfecto y armonioso de los muelles, el mismo conjunto sólo en aparencia caótico, complejo al tiempo que exacto. [...] Todo contribuye a trascender la funcionalidad de la máquina para llegar a producir auténtica, arrebatadora belleza." No es de extrañar que, habiendo separado mentalmente la "belleza" de la máquina de su "funcionalidad", también fuera precursora en fabricar una máquina sin ninguna funcionalidad. Una máquina cuya única pretensión fuera ser hermosa. Puede decirse, por tanto, que la "Rotational Dancing Machine" de Ada Augusta Byron es la primera "máquina absurda" de la historia.

Pero aún habrían de transcurrir algunos años para que tal título se utilizara oficialmente para referirse a esa disciplina.

En 1936, el escultor italiano Alessandro Novati, que según parece no hacía más de un año había quedado fascinado al descubrir la "Rotational Dancing Machine", presentó en la Biennale di Venezia su obra "Fiat Aures I". Cuentan que un crítico curioso mantuvo una charla con el escultor de aquel extraño armatoste lleno de poleas y engranajes.

"¿Pretende usted hablar de la deshumanización de la era industrial?"

"No, no era esa mi intención."

"¿De la angustia del hombre moderno?"

"Tampoco."

"Entonces... disculpe, pero, ¿de qué trata la obra?"

"De nada. Es hermosa, ¿no le parece?"

El crítico, indignado por lo que interpretó como un insulto personal, se alejó gritando una frase que acabaría haciéndose famosa: "¡Esto es un atropello a la inteligencia! ¡Que saquen de aquí ahora mismo esta máquina absurda!" Al día siguiente, Alessandro Novati exigió que se cambiara el nombre de la obra de "Fiat Aures I" a "La macchina irragionevole I". Quedaba inaugurado oficialmente un nuevo concepto de hacer arte.

Entre 1936 y 1948, decenas de artistas siguieron el camino iniciado por Novati, y produjeron multitud de nuevas "máquinas absurdas". El medio aún era contemplado con cierta sorna por parte de los críticos y los artistas de otras disciplinas, lo que contribuyó a crear un cierto grado de "sectarismo" por parte de los constructores de estas máquinas. Así, no se consideraban a sí mismos ni "escultores" ni "inventores" ni mucho menos "ingenieros", sino que utilizaban el nombre de "maquinistas absurdos". Con esto querían expresar el convencimiento cada vez mayor de que la máquina absurda era un medio en sí mismo, separado de la escultura, sólo manteniendo unos pocos elementos en común. De la misma forma que la fotografía lo es de la pintura.

Pero claro, llegados a este convencimiento, faltaba definir con precisión exactamente "qué" era una máquina absurda. Situación que se agravó a finales de la década de los 40, pues el concepto de máquina absurda había derivado hasta convertirse en una especie de "saco roto" en el que todo artista plástico sin talento deseaba finalmente ser englobado, para poder dar un sentido más "honorable" a su fracaso artístico.

La gran crisis se produjo en 1948, con la obra "La mouche automatique", del francés Pierre Lauzier, auto-declarada como una "máquina absurda". No sólo carecía casi por completo de partes mecánicas, sino que el mismo autor había comentado sobre su obra que se trataba de "un reflejo de la inanidad y la tristeza del animal urbano". Centenares de voces se alzaron indignadas. "¿Qué es lo que diferencia una escultura de una máquina absurda si sirven para expresar lo mismo y se construyen de la misma forma?" "¿Cualquiera puede decidir que su obra es una máquina absurda? ¿Basándose en qué criterios?" Hacía falta con urgencia una definición.

Ese mismo año, el irlandes Charles O'Halloran escribió el célebre "Manifiesto de la Máquina absurda". En él se sentaban las bases de lo que se entiende por esta disciplina en la actualidad. Básicamente, se definía una máquina absurda indicando lo que "no es". Destacamos los siguientes puntos:

1) Si una obra contiene algún elemento cuyo objetivo no es el soporte de un movimiento mecánico, no es una máquina absurda, sino una escultura.

2) Si una máquina sirve a una función distinta que la de ser hermosa a través del movimiento, no es una máquina absurda, sino una máquina convencional.

3) La única emoción que puede ser expresada con una máquina absurda es la belleza de lo mecánico. Si una obra sirve para expresar una emoción humana, no es una máquina absurda, sino una escultura.

Para ejemplificar su visión sobre la máquina absurda moderna, O'Halloran fabricó sus "Beautiful Motion" (I, II y III) Aún hoy son consideradas los ejemplos más "puros" de máquina absurda existentes.

Aquí Mateo hace una observación a mi juicio genial. Dice: "Es en ese momento en el que la máquina absurda adquiere verdadero interés. No por haber renunciado el maquinista a la expresión de sus emociones humanas -- a ver, tal cosa es absolutamente irrenunciable -- sino porque a partir de ese manifiesto su inconsciente seguiría un camino distinto al deseado por sus manos. Así, si contemplamos las máquinas con la suficiente atención, veremos el intensísimo erotismo que despiden mediante sus engranajes mecánicos."

Y es que, admitámoslo. El maquinista absurdo es ese tipo que se encierra en su sótano, puliendo engranajes y clavijitas, engrasando con amor cintas elásticas, colocando minúsculas ruedas con sus pinzas, y haciéndolas encajar unas con otras... ¿A qué puede deberse tantísima atención y emoción juntas? ¿En qué puede estar pensando si no es en el sexo? Las máquinas absurdas eran cada una de ellas un monumento a la frustración sexual.

Así, ya a mediados de los 60, habría de ser un trío de artistas el que produjera algunas de las máquinas absurdas más pasionales, desmedidas y visualmente poderosas de la historia.

En 1965 asistieron al II Congreso del Maquinismo Absurdo celebrado en Colonia los maquinistas Sylvie Deschamps, Francisco Fuentes y Hans Öhm. Hans Öhm ya era conocido antes de aquel año, como uno de los "alumnos aventajados" de O'Halloran. Su estilo, antes de conocer a sus futuros compañeros artísticos, era considerado "clásico" incluso en aquella época. Sin embargo, ya había logrado alguna obra de excepción, como su "Tempus Interruptus" ("de nuevo el sexo", escribe Mateo), una obra construida exclusivamente con las piezas de un viejo reloj de pared (sin sobrar ni uno solo de los engranajes).

Francisco Fuentes era una "joven promesa". Contaba con tan sólo 17 años en aquella época, y ya había logrado llamar la atención de los maquinistas con alguna prometedora máquina absurda. Sin embargo, él se sentía intimidado ante la presencia de una "vieja gloria" como Hans Öhm (que contaba con 35 años de edad) o la misma Sylvie Deschamps.

Sylvie, por su parte, era con mucho la menos interesante artísticamente de los tres. Sus máquinas se salían tan poco de los principios escritos en el "manifiesto" que resultaban tediosas. Como única dudosa innovación se encontraba la de utilizar piezas de cristal en algunas de las partes de sus obras. Pero, como bien dice Mateo, "si tenemos en cuenta que el fundamento de la máquina absurda es la belleza en el movimiento, una innovación material no puede ser considerada importante, dado que probablemente sus máquinas funcionarían exactamente de la misma forma si todas las piezas fueran de metal. Se debe achacar la importancia que se le dio en su momento como artista al hecho de ser una mujer en un colectivo mayoritariamente masculino." Eso sí, hay que decir que Sylvie (que en 1965 tenía 23 años de edad) era una mujer sumamente hermosa.

Aquel congreso cambiaría definitivamente la vida de los tres artistas. Era común verles juntos dialogando interminablemente a través de los pasillos, soportando las interrupciones en su charla (otros maquinistas, que se acercaban a ellos para intercambiar impresiones) con ese tipo de sonrisa educada del que desea que el otro se marche rápidamente. Y más tarde, sentados en las escalinatas del museo, prosiguiendo la conversación a la luz de la luna. Y después, acabado el congreso, decidiendo tácitamente alargar su estancia en Colonia unos meses. Obviamente, para ahorrar en la factura del hotel, reservaron una sola habitación para los tres.

Se cuenta que fueron expulsados del hotel debido a un desagradable incidente. Unos inquilinos, alertados por los ruidos, presenciaron a altas horas de la madrugada cómo Hans Öhm y Sylvie Deschamps, desnudos y envueltos en la misma sábana, huían de Francisco Fuentes, que les perseguía vestido únicamente con una camisa, unos shorts ("de elefantitos", cuenta alguno de los testigos) y una chaqueta puesta en una manga sí y en la otra no, mientras disparaba con un revolver al techo del pasillo del hotel gritando repetidamente "¡Puta de mierda, me estás partiendo el alma en dos!" (En castellano, en el original)

"Sylvie", escribe Mateo, con su habitual misoginia, "fue el catalizador del talento de los dos maquinistas. Obligados a competir por la misma mujer, no sólo en lo humano sino también en lo artístico, fueron radicalizando sus respectivos estilos. Hans Öhm adquirió una obsesión por el movimiento pendular, y así sus obras adquirieron ese aspecto casi acuoso por el que en la actualidad es conocido. Francisco Fuentes, por su parte, exploró la línea y sus múltiples combinaciones, logrando obras de arrebatadora violencia mecánica." Ahí están las magníficas "Quantum Mobile" de Hans Öhm, o la no menos excelente "Procesión de Hierro" de Fuentes. Su fama como artistas progresaba en la misma medida que el desenfreno y violencia de su vida amorosa.

Paralelamente, en 1969, se produjo otra de las grandes revoluciones del maquinismo, esta vez en Francia. Gerard Leyermer, un sacerdote jesuíta, escribió en su "ensayo sobre la individualidad de la maquina absurda" las bases del maquinismo actual. "Debemos librarnos del servilismo de la máquina utilitaria. Los engranajes, las poleas, todos los elementos utilizados en la actualidad anclan la máquina absurda a su herencia utilitaria. Puesto que el objetivo es la creación de belleza, ¿por qué limitarse a usar piezas destinadas a maquinaria de precisión? [...] No sólo se debe innovar en la colocación de piezas ya inventadas, sino crear piezas propias, destinadas a una máquina artística, capaces de obtener movimientos más complejos, menos precisos tal vez, pero precisamente por ello más ricos e interesantes."

Gerard Leyermer fabricó dos de las máquinas absurdas más importantes de la segunda mitad del siglo XX, "Deux ex Machina" y "La trinité divine", ambas de 1970. De nuevo parece comprobarse la verdad de aquella teoría de Mateo que relacionaba las máquinas con el sexo. Las obras de Leyermer, con todas sus piezas curvas, describiendo arcos las unas con las otras, parecían realizar una interminable cópula consigo mismas.

La influencia de Leyermer se hizo sentir en toda europa. De repente, ninguna máquina absurda quiso tener elementos mecánicos "convencionales". Todo era un despliegue de metales redondos, piezas hexagonales, tubos que daban vueltas unos sobre otros. A partir de 1972, rara era la máquina absurda que presentaba alguna semejanza con los engranajes de un reloj. También el trío Fuentes/Öhm/Deschamps se hizo eco de aquella revolución, aunque conservando los elementos propios de su estilo (o en el caso de Deschamps, carencia de él). Así, en la VI "convention des machines absurdes" celebrada en París en 1980, presentaron una obra conjunta, el "Tetragramon". Una máquina de aspecto verdaderamente violento (lo cual levantó alguna crítica en su momento): Un martillo golpeaba dos estructuras simétricas a uno y otro lado, haciéndolas cimbrear, descomponiéndolas para que después se recompusieran, a la espera del siguiente golpe. "Tal es", comenta Mateo, "la forma en la que Fuentes y Öhm daban salida a su mutua frustración, por la obligada convivencia con la mujer a la que amaban y con su peor enemigo." Y es que nadie se libra de su subconsciente.

(En aquella convención volvió a producirse otro enojoso incidente. En mitad de una conferencia, apareció a un lado de la sala Hans Öhm, arrastrando por el suelo a Sylvie Deschamps, a la que llevaba agarrada de los pelos. Esta vez el grito era "¡Te estás comiendo mi corazón, arpía!" en alemán, en el original. Afortunadamente, Francisco Fuentes apareció a tiempo y pudo serenar los ánimos de su compañero.)

Los 90, con la aparición y posterior consolidación de las redes e Internet, supusieron lo que hoy es conocido como "la época oscura de la máquina absurda", que dura hasta nuestros días. Diríase que, por culpa de la proliferación de los ordenadores personales, el hombre se insensibilizó a la fascinación de la máquina. Cada vez eran menos los maquinistas que creaban una obra verdaderamente original. Los congresos especializados entraron en franca decadencia, y muchos de ellos desaparecieron.

En 1991, Hans Öhm volvió a su Baviera natal, y allí se pegó un tiro en la sien. Tenía 61 años de edad. Sylvie Duschamps dejó de fabricar máquinas para dedicarse a la escultura, y así entró en contacto con los hermanos Pasternak, asociación que si bien fue artísticamente prolífica resultó ser de corta duración, por el tristemente famoso suceso del asesinato de Sylvie a manos de sus amantes. Francisco Fuentes, agotado y desanimado, regresó a Madrid, donde reside en la actualidad.

Lo cual no quita que existan comunidades en internet francamente activas dedicadas a la máquina absurda. Así, tenemos a www.absurdmachines.net, el foro central de habla inglesa, o www.maquinabsurda.com.ar, la comunidad de maquinistas absurdos de habla hispana, este último mantenido y actualizado por el mismo Francisco Fuentes.

Y aquí la sorpresa me hizo parar un momento de leer. Mateo, sí, ese mismo Mateo que no sale de casa más que para lo absolutamente imprescindible, decidió obtener algo de información de primera mano. Escribió a Francisco Fuentes y solicitó tener una entrevista personal con él. Me lo imagino embutiéndose en unos vaqueros y una camiseta gastados y dirigiendo sus greñas rubias en dirección al aeropuerto de Barcelona.

Ya en Madrid, Francisco Fuentes recibió a Mateo con absoluta amabilidad. Vivía en un pisito céntrico, amueblado con sobriedad pero buen gusto. Le sorprendió no ver ni huella de aparatos mecánicos. Fué conducido al confortable salón comedor. Sobre una mesa había una antigua foto de los tres: Öhm, Fuentes y Deschamps. La cara de Deschamps había sido tachada. Mateo no quiso preguntar.

Francisco parecía terriblemente desencantado, escribía Mateo. Ponía en duda todas las cosas: el maquinismo, el manifiesto de O'Halloran, Ada Byron, todo. "Ya no existen maquinistas como Hans Öhm (Mateo se sorprendió de escucharle decir buenas cualidades de quien había sido su peor rival en vida), personas que entienden de verdad la relación entre el hombre y la máquina. Ahora el maquinismo está desnaturalizado, ha perdido su sentido. Deberías entrar alguna vez en el foro de la comunidad hispana. Se pierden en conversaciones interminables sobre qué engranaje es mejor, o qué aceite funciona mejor con qué tipo de metal. Ya no hay sentido de la verdadera creación artística, el maquinismo absurdo ha adquirido el mismo "status" que los foros de retrocomputación o de bricolage. Prefieren perder tiempo en el "cómo" en lugar del "qué". Si te digo la verdad, lo único que me impulsa a seguir es el sentimiento de deber con esos pobres chavales." Cuando hablaba, daba vueltas con el dedo sobre la mesa a una de sus plumas. "Deberías ver los ganadores de los últimos certámenes internacionales. Está ese japonés... no recuerdo cómo se llamaba. Ha fabricado una máquina absurda... ¡Controlada por ordenador! En los viejos tiempos ese tipo de cosas hubiera levantado ampollas. Ahora gana certámenes. O ese peruano... Pedro Reyes... Hector Reyes... no recuerdo. Ha construido una máquina con piezas de madera. Dice que es "una crítica a las desigualdades económicas entre los paises del primer y tercer mundo". ¿Pero hay alguien aquí acaso que se haya dignado a leer el manifiesto?"

La charla prosiguió en esos mismos términos algún tiempo más. Finalmente, Francisco condujo a Mateo hasta la puerta. Allí le hizo confesión de su mayor preocupación. "A veces me pregunto si no hemos cometido todos un error terrible. ¿Entiendes lo que te digo? Öhm, Leyermer, O'Halloran, Novati, todos equivocados. Hasta Ada Byron. Tal vez sea un error de Ada Byron que hayamos engrandecido y magnificado hasta convertirlo en un arte. Cada vez veo más claro que lo que hicimos nunca fue arte. Fue un juego de niños grandes, una tontería, poca cosa más." Cerró lentamente la puerta de su casa, frente a Mateo.

Ya de vuelta por Barcelona, rumbo a su piso, Mateo pasó por delante de un pequeño parque entre dos edificios. Le sorprendió ver a un niño jugar solo en la arena. Se acercó a mirar.

El niño colocaba con sumo cuidado y gran habilidad una estructura piramidal formada por ramitas y gomas elásticas. Cuando creyó que la posición era correcta, lanzó una piedrecita por el agujero en su parte superior. La piedrecita rebotó un par de veces en las gomas y cayó de nuevo al suelo. El niño, insatisfecho, volvió a variar la estructura (una ramita un poquito allá, estirar esta gomita un poco para aquí...) y lanzó de nuevo la piedrecita, que volvió a repetir un recorrido similar. Frustrado, continuó variando la estructura, se levantó, la miró desde todos los ángulos, volvió a variar, volvió a sentarse. Lanzó de nuevo la piedrecita.

Y he aquí que la piedra rebotó en zig-zag a través de la estructura hasta alcanzar el suelo. El recorrido fue sumamente curioso, estudiado y... hermoso. El niño miró a Mateo y correspondió a su sorpresa con una sonrisa triunfal.

Mateo regresó a su piso, se desnudó y procedió a ducharse.
 
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Follar es un roce tonto  
03:16am 08/11/2006
 
 
vini_vidi_fugit
HABLA ALBERTO

El pasado sábado decidí salir por primera vez en mucho tiempo, a instancias de alguno de mis amigos, preocupado por mi modo de vida cada vez más ermitaño (tal vez influenciado por mi buen amigo Mateo). Accedí en parte para contentarle y en parte para comprobar si aún seguía produciéndose en mí el hechizo de la noche, ese que es capaz de convertirme (alcohol mediante) en un ser amigable y parlanchín.

Recuerdo que en un momento quedé de pie en una callejuela estrecha en el centro de Barcelona, a la salida de uno de los locales en los que habíamos estado. Mi mirada erraba de un lado a otro sin pararse en nada en concreto: Pintadas en las paredes. Gente anónima y risueña, algunos caminando hacia atrás para dar más énfasis a la conversación que mantenían con alguno de sus compañeros de fiesta. Una chica sentada en cuclillas en un portal, con un cigarro, los ojos sombreados de negro, una estampa hermosa (¿aparentemente?) insensible al hecho de ser observada. El empedrado húmedo de la callejuela. El esqueleto de una bicicleta vieja encadenado a una farola. Bidones de basura.

La sensación era ese tipo de agradable "saudade" que le permite a uno permanecer de pie en un mismo sitio sin apercibirse del transcurrir del tiempo. Sin embargo, un viejo miedo conocido, como un sutil aguijón constante, fue apoderándose de mi estado de ánimo. Una duda terrible: "¿No deberían haber salido ya?"

Miré hacia mi izquierda. La pesada puerta metálica del local permanecía cerrada, con un guarda de seguridad (la imagen misma de la severidad) a su lado. Nadie salía por ella. Un minuto, dos. Seguían sin salir.

El guarda accedió ladeando la cabeza a mi petición de entrar para buscar al resto de mis compañeros. Me introduje de nuevo en la abarrotada colmena, aturdiéndome con el calor y la música, y el lento suplicio de haber sido educado en la costumbre de pedir perdón para solicitar el paso. Diez perdones me condujeron al rincón junto a la máquina de tabaco, donde habíamos estado unos minutos antes. Allí un par de falsamente angelicales finlandesas, de rotundos mentones, jugaban a acaparar la atención de un coro de cinco escandalosos ingleses. Entre la ropa amontonada sobre uno de los sillones con cojines verdes no reconocí ninguna de las prendas de mis amigos.

Veinte perdones me condujeron al piso superior, a la anárquica cola para entrar en los servicios. Un argentino y un catalán hablaban a gritos, agitando las cabezas y abriendo los ojos con el entusiasmo de dos personas que no se conocen y que no se van a volver a ver.

Nadie.

Salí del local como de un útero. Elaboraba mil teorías sobre lo que podía haber pasado. Tal vez salieron y no me encontraron (durante mis diez minutos de “saudade”, me apoyaba con el hombro en la columna de un portal cercano), tal vez entraron a buscarme mientras yo les buscaba a ellos y, como un enloquecido “mantra” tibetano, dos trenes de perdones se cruzaron a través del mar humano, condenados a no hallarse. Tal vez... (y aquí aparecía de nuevo aquel terror antiguo) simplemente se olvidaron de que iba con ellos. Lo recordarían, quizás, más tarde, en el interior de otro oscuro local. Alguien encendería un cigarro y preguntaría “¿Y Alberto? ¿Dónde está Alberto?”

Tal vez les aburría mi presencia. Tal vez encontraron la forma de librarse de mí. (Me venían a la mente imágenes de mi ciudad de los 16 años, cuando intentaba desesperadamente seguir el paso de un grupo de “amigos” que avanzaban insensibles a través de las calles, cambiaban el rumbo sin aviso y sin mirar atrás, tal vez deseando despistarme. Y cómo indefectiblemente les perdía de vista, cómo les buscaba desesperadamente con la mirada, dando manotazos para abrirme camino entre la multitud, para al final desistir y acabar volviendo a la casa paterna, con la rabia y el despecho temblando en cada uno de mis pasos)

Ya me disponía a volver malhumorado a Plaça Catalunya a buscar un taxi cuando se me rebeló un pensamiento: “Soy adulto. Tengo ya treinta años. No salgo para fomentar ningún tipo de ficticia pertenencia a un grupo, sino para divertirme. Puedo y debo ser capaz de divertirme por mí mismo”. Huelga decir que hablaba más la frustración que el razonamiento. Del mismo modo en que me decía esto, me daba cuenta también del hecho inevitable de mi retorno al hogar. Pasearía mi “saudade” por un par de locales. Miraría a alguna chica joven con cara de carnero degollado. Mantendría alguna conversación absurda en la puerta de los servicios. Poco mas.

El Raval, por la noche es un paisaje de criaturas extrañas. Un auténtico territorio alucinado. De alguna forma, cuando más tiempo pasas en él, más te insensibilizas contra la sorpresa.

Mi vagabundeo errático me llevó a una calle desconocida, frente a un viejo y descuidado edificio de viviendas de paredes de color tierra, todo cubierto de balcones enrejados y de ropa tendida. Allá arriba, desde la única ventana de un ático iluminado, se distinguía el rumor de la música, y un murmullo como de varias conversaciones a la vez. En esa ventana de cristal pintado de blanco se recortaba perfectamente una silueta, no supe distinguir si masculina o femenina, que permanecía quieta con la nariz y el mentón apuntando ligeramente hacia el suelo, en actitud de abstracción nostálgica. De repente (tal vez a causa de alguna voz), la figura giró la cabeza y se disolvió momentos después en el blanco al alejarse de la ventana.

La puerta del edificio se abrió de golpe, produciéndome un sobresalto. Un chico joven y delgado, disfrazado de Elvis, salía por ella con pasos de evidente indignación. Tras él otro amigo suyo, de unos treinta años, calvo y tremendamente feo, disfrazado a su vez de percusionista de una banda latina, se reía a carcajadas. "Es la última vez que voy a una fiesta con tus amigos 'frikis'", se quejaba Elvis.

Me acerqué a la pareja. "Sí, es una fiesta de disfraces. Sube si quieres." No conocía a nadie de la fiesta. "Nosotros tampoco, y ya ves. No te preocupes. Dudo mucho que alguien conozca a alguien allí dentro."

Crucé el escueto descansillo abarrotado de bicicletas, y subí por el estrecho tramo de escaleras, a un tercero que en realidad era un quinto (por esa absurda costumbre en los pisos antiguos de Barcelona de tener "entrepisos" y "principales"). Noté que, una vez arriba, mi valor había desaparecido junto con el aire de mis pulmones. Pero no me hizo falta recurrir a él. Mientras dudaba si apretar o no el pequeño timbre metálico (que prometía contaminar el aire con un molesto chirrido metálico, o aún peor, alguna corta melodía de campanitas) la puerta se abrió. Una chica francesa, rubia, guapa y bien vestida me recibía con una sonrisa. "¿Vienes a la fiesta? ¡Ven, pasa!" La chica tenía aquella falsa familiaridad de quienes están acostumbrados a hablar con desconocidos.

Cerró la puerta trás de mí y se dirigió a una pequeña mesita cercana. Tomó una pegatina blanca y preguntó por mi nombre. Escribió "ALBERTO" con nerviosas letras de imprenta en la pegatina y la colocó cuidadosamente en mi pecho. "Encantada, Alberto. Ve hacia el salón, al fondo, allí están todos." De repente, no se por qué (tal vez por el gesto vagamente melancólico que adoptaba cuando no me miraba directamente a la cara) supe que era a ella a quien pertenecía la silueta que ví en la ventana.

Atravesé el oscuro pasillo, dejando a un lado el arco hacia la abarrotada cocina. El salón era amplio, con una disposición curiosa: todo el perímetro de la habitación exceptuando, claro está, allí donde empezaban los dos corredores de la casa, acababa en una especie de escalones como continuación de las paredes, cubiertos de cojines rojos que los hacían servir de asientos. Todos (ni un sólo espacio libre) acaparados por borrachos y pierrots, vampiros, piratas, estrellas de televisión, hombres vestidos de mujer y mujeres vestidas de hombre. Disfraces improvisados en el último momento, la mayor parte de ellos ya desvirtuados por el cansancio y el alcohol: Allí un gorro de pirata pisoteado, allá una peluca medio escondida entre los cojines. Las conversaciones fundiéndose en un aullido mutante producto de una lucha de contrarios, mezcla de francés, inglés, alemán, español y catalán. Saltando de un lado a otro de la sala, de grupo en grupo, como partículas despedidas, los inquietos, los que no encontraron asiento. Yo era uno de ellos.

Y en el centro de la sala, una mesa redonda con viejas sillas de metal a su alrededor y cinco personas sentadas. Napoleón, un mimo, un soldado, una reina y un vampiro. Había un tablero inmenso extendido de lado a lado en la mesa, con multitud de diminutas fichitas planas de colores y de casillas hexagonales. Miraban el tablero fijamente, sin hablar apenas entre sí. De tanto en tanto, uno de ellos levantaba la mano y movía cuatro o cinco de sus fichas, para volver a apoyar la barbilla entre las dos manos en actitud pensativa.

El mimo (una chica de pequeña estatura y algo rolliza, aunque muy bonita de cara) me observaba intermitentemente con sus dos grandes ojos verdes.

Con una copa en un vaso de plástico, me dediqué a mirar a mi alrededor, a dejarme atrapar por el ritmo de la música ininteligible que salía por un equipo de música en uno de los rincones. Charlar con un desconocido en una fiesta desconocida sobre cualquier tema intrascendente me resultaba apetecible en aquel momento, sin embargo me resultaba difícil socializar con cualquiera de los grupos de conversación ya formados; probablemente muchos se conocían entre sí, y no agradecerían la presencia de un extraño. Vi a un chico alto y casi calvo, vestido de cura, en la misma pose contemplativa en la que yo me encontraba, y me pareció oportuno dirigirme a él.

Al principio me cayó bien, el chico escribía por afición (fue casi lo primero que me dijo sobre sí mismo, ahí tal vez debería haber sospechado) y tenía un libro publicado. Yo le comenté mis pequeños coqueteos con la escritura. Nada especial, un blog en internet que apenas lee nadie. Me preguntó cuál era el nombre. "Vini Vidi Fugit". Y en un segundo su calva enrojeció de cólera.

"¿Y hay más gente como tú que se crea con derecho a criticar la obra terminada de alguien por haber escrito un par de entradas en un blog?"

Aquí tengo que hacer un aparte. Lo que me animó en gran medida a escribir estas líneas siempre ha sido el anonimato "real" de las redes. Pensaba (y sigo pensando en parte) que entre escribir un montón de "pajas mentales" en un blog y guardarlas en un cuaderno de notas en el fondo de un armario no hay mucha diferencia. Hay un acceso público, sí, pero... ¿quien lo encuentra? Entre tanto pequeño narcisista como yo, un blog más o menos no supone diferencia. A veces dejo la dirección, cuando me puede la nostalgia de no ser leído, a algún amigo, siempre siendo plenamente consciente de que pese a todos los "Oh, ¿así que escribes un blog?" o los "¡Esta noche me lo miro!" o los "Mira qué bien, ¿y te podré dejar comentarios?" nadie en realidad la pondrá en su navegador existiendo YouTube (que es infinitamente más divertido).

Pero he aquí que no contaba con Google: El pequeño escritor de una obra microscópica y autopublicada, buscando las pocas microscópicas referencias sobre sí mismo, acabó dando con el microscópico blog de un microscópico narcisista. Vestido con un traje de cura, con su calva a la interperie y sin su chupa de cuero, no reconocí al burgalense filólogo de la primera entrada de este humilde diario.

Pasé por alto el obvio comentario de que la mayor parte de los críticos se sentían con derecho a criticar sin haber escrito nunca nada (pues no quería hacerme el desagradable), y me disculpé por haberle ofendido, intentando explicarle que simplemente se trataba de un estilo de literatura con el que nunca me había sentido identificado, y que en cualquier caso la entrada de mi blog no era un ataque personal, sino una mera reflexión en voz alta que hablaba más de mí mismo que de su obra. Él (incongruentemente) me espetó que no tenía ni idea de lo que era la vida. A lo que intenté volver a ser diplomático con una observación sobre las distintas percepciones que tiene la vida dependiendo del observador y de su experiencia personal, observación que mi poco dialogante interlocutor cortó de raiz con una pequeña serie de comentarios hirientes sobre mi clase social, mi estilo literario y mis lecturas. Cuando ya empezó a rebajarse a dudar sobre la frecuencia de mis actos sexuales, comprendí que nuestra conversación había terminado, y excusandome con una (ficticia) urgencia urinaria, huí al otro lado de la habitación.

Mientras tanto, la partida en la mesa redonda continuaba. Napoleón, derrotado o aburrido tal vez, había abandonado su silla e ingresado en el grupo de los inquietos sin asiento. Un chico rubio, pecoso y delgado, con cara de persona inteligente (luego me enteraría de que era belga), ocupaba su asiento pero no participaba. Se limitaba a comentar la jugada de los demás. "Alejandro se mueve oblicuamente hacia su derecha para mantener la superioridad en el flanco, y sale del terreno preparado por Darío". "La formación de retaguardia de la falange gira sobre sí misma para socorrer al campamento y amenaza a la caballería enemiga". Su voz, con fuerte acento francés, sonaba aguda y engolada, pero pese a ello no me daba la impresión de un individuo molesto o desagradable. Joven y excesivamente entusiasta, eso sí. Y con alguna copa de más. Pero algo en él resultaba simpático también. Los demás jugadores probablemente eran de la misma impresión que yo, porque a ninguno de ellos se le notaba ninguna mueca malhumorada por la presencia del chico.

Me descubrí pensando en un amigo de mi época universitaria. Hace tiempo que no tengo noticias de él. Lo último que supe fue que era editor de una pequeña revista literaria y había ganado un par de premios por sus poemas. El joven belga, de alguna forma, me recordaba bastante a mi amigo.

La chica de ojos verdes, con su cara pintada de blanco, me seguía mirando. Me sorprendió comprobar que no había dejado de lanzarme una mirada de reojo de tanto en tanto durante el tiempo que había estado en aquel ático. Mi vaso estaba casi vacío, y la perspectiva de volver andando a casa después de la fiesta se me hizo insoportable, con lo que reuní valor y me acerqué a su silla.

"Hola..." dijo, sonriendo.

Y la besé. Por un momento, sus ojos se abrieron aún más, y su boca se frunció con un gesto cercano a la decepción.

"Oh..."

Quedó pensativa un largo instante. Se levantó del asiento y se excusó con el resto de jugadores. Después me indicó con la mano que la siguiera.

Me condujo a través del segundo corredor, completamente oscuro. La puerta del baño se abrió y golpeó a la chica en el hombro.

"¡Perdon!" La francesita, la misma que me recibió al entrar, con una escueta toalla amarilla cubriendo su cuerpo. Con el pelo mojado, parecía castaña.

"Sandrine, una pregunta... ¿tienes algún cuarto en casa... que podamos utilizar?"

La chica francesa nos miró a los dos alternativamente, dudando entre su lealtad a una amiga y la evidente molestia que le causaba la petición.

"Bueno, Bea sube al cuarto de mi hermana. Pero dejalo todo tal y como te lo encuentres, ¿vale? Que mañana vuelve y se pone hecha una furia".

Se me ocurrió, mirando aquella escueta toalla, que de poder seleccionar libremente hubieran sido sin duda aquellos senos y aquellas piernas las que hubiera elegido para pasar esa noche, y no las de la chica-mimo. Ese pensamiento me hizo sentir ruin y levemente deprimido. La francesita, como adivinando mi mala intención, se embutió en la pequeña toalla, me lanzó una instantánea mirada de pudor ofendido y se introdujo en su cuarto.

Lo cual me hizo pensar. ¿Qué hacía duchándose durante la fiesta que celebraba en su propio piso?

Bea me condujo hasta el final del corredor, y ascendió una escalerilla de madera que atravesaba una trampilla en el techo hasta un cuartito con una cama deshecha y el tejado inclinado. La luz de una ventanita iluminaba las sábanas y parte del colchón. Hacía frío. Bea abrió la ventanita y sacó la cabeza hacia fuera. Me hizo una seña con la mano. "Ven, mira esto"

Allá fuera, los tejados de arcilla con sus tejas pintadas de negro, las ventanas de las casas (ojos ávidos de luz), las antenas de televisión enraizándose en el cielo, ese mismo cielo en el que un leve rubor anunciaba ya el amanecer...

Me volví y la miré a los ojos. De repente me pareció muy bonita.

Follamos.

Bea tenía la costumbre de sostener mi cara entre sus manos después de besarme, y contemplar mis rasgos, con una mirada casi triste. Tras el último beso, volvió a sus labios el gesto de ligera decepción.

"¿No te acuerdas de mí, no...?"

La verdad me cayó encima de repente, como un jarro de agua fría. Yo conocía a aquella chica. La pintura blanca, con los roces, había desaparecido casi por entero de su rostro.

A mis 16 años tenía una compañera de aula con la que siempre me enzarzaba en interminables conversaciones. Por aquel entonces los dos descubrimos casi al mismo tiempo el "zen" y Descartes. La perspectiva de que la realidad fuera sólo un cúmulo de impresiones sensoriales nos fascinaba. "¿Suena un árbol al caer cuando no hay nadie allí para escucharlo?" Pero nosotros íbamos aún más lejos. Yo había leído no hacía mucho "El forastero misterioso", de Mark Twain. "Tal vez sólo somos pensamientos solitarios en mitad del espacio. La gente, las paredes, los objetos... no tienen quizás más consistencia que imágenes en una pantalla. Nos alivian nuestra eterna soledad, nos permiten engañarnos con la existencia de un "otro" que no existe..." Pero el golpe maestro fué de ella, de mi amiga, de mi compañera. "¿Existe el mundo a nuestra espalda, cuando no lo estamos mirando?"

Aún recuerdo el terror, el vértigo de esa frase. El cosquilleo en la nuca. Yo me volvía y ella me decía: "Escuchas mi voz, pero... ¿cómo sabes que estoy aquí en realidad?" Y luego me giraba para mirarla. "¿Y ahora cómo sabes que está la puerta detrás de tí?" Ese mismo juego lo repetía con ella. Se volvía y yo le susurraba: "¿Ahora cómo sabes que estoy?" "¡Para, para...!" chillaba ella.

"Bea... eres tú, lo siento...". La chica rompió a reir. "Nunca me reconoces a la primera".

Hablamos, hablamos largo rato, el uno al lado del otro, desnudos y sin tocarnos. Sobre nuestro instituto, nuestra ciudad natal. Sobre sus múltiples cambios de domicilio, sobre ex-novios y ex-novias. Sobre nuestros amigos y nuestra vida actual. Después, el habla se nos secó de repente, y permanecimos el uno al lado del otro, extrañamente pudorosos.

"Entonces..." comencé, carraspeé. "¿Cómo no me dijiste...? ¿Tu cres que hemos hecho bien...?" Ella se encogió de hombros. "Follar es un roce tonto. Nada más."

Horas después salimos al corredor. Ella se introdujo en el cuarto y me pidió que la esperara. Permanecí allí, en la oscuridad, mirando en dirección al salón. Desde donde estaba sólo se veía a una chica (probablemente alemana) dormida sobre los cojines, en un lateral. Y frente a una ventana, al belga y a la francesita conversando en voz baja. Sus dos figuras a contraluz me parecieron sumamente hermosas.

"Amar es una puerta que se cierra. No se puede amar a una puerta abierta, porque desde el mismo momento en que nos llenamos del objeto, desaparece el deseo."

La chica le contestó en francés.

"No, te equivocas. No me haces un servicio al negarme la posibilidad del amor. Amar es un fin en sí mismo. Se sufre, sí, pero es un placer vivir ese sufrimiento. Prefiero que me nieguen el objeto a que me nieguen el amor..."

La chica volvió a responder, enfurecida.

"Tampoco. Te veo a tí en todo momento. Nunca se me olvida quién es Sandrine, lo que representa Sandrine, lo que vive Sandrine. No amo en el vacío ni a la nada. Te amo a tí."

La chica sollozaba, le increpaba en francés. Él la abrazó. "Tranquila, tranquila..."

Me pareció extraña aquella decisión del joven belga de contestar en español. De alguna forma me recordaron a aquellos Hans Castorp y Madame Chauchat, que necesitaban conversar en un idioma distinto para poder comunicarse con libertad. "Como en un sueño".

Como en un sueño.

En el portal de la casa, Bea y yo titubeamos. Descubrimos nuestra mutua incomodidad, y nos reímos de ella. Una risa corta, nerviosa, desapasionada. Bea levantó la palma de su manita blanca. "Adios".

Y se alejó a pasitos cortos. Dobló la esquina y desapareció. Eran las nueve de la mañana, el resplandor del sol hacía daño a los ojos.

Qué mundo tan extraño, pensé.
 
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"El planeta de los simios" en el 2006  
08:19pm 02/09/2006
 
 
vini_vidi_fugit
HABLA ALBERTO

Hoy me apetece hablar de Mateo. No el santo, sino mi mejor amigo.

Mateo es un hombre de las cavernas del siglo XXI. Habita en un microcosmos de libros, cintas de ordenadores de los ochenta, posters medio despegados y botellas vacías de "Dan'Up", una auténtica vivienda neolítica en un pequeño piso de Barcelona.

Aunque en ocasiones tiene que salir al mundo exterior para hacer la compra o para entrevistarse con clientes (trabaja de diseñador gráfico), momentos en los cuales se embute en unos vaqueros viejos y una camiseta desgastada para lo primero, o en pantalón y camisa de vestir para lo segundo, la mayor parte de su vida la pasa en el interior de su piso, semidesnudo, con unos escuetos calzoncillos estampados para tapar sus vergüenzas.

Lo cual me recuerda otra de las características de Mateo: su absoluta falta de pudor. Aquellas pocas ocasiones en la que llaman a su puerta, se levanta de su trono frente a la computadora y pasea con parsimonia su melena rubia de grupo de "glam" sueco hasta el recibidor. Allí (sin haber parado a recoger siquiera sus viejos vaqueros por el camino), abre la puerta.

Y al otro lado, a veces estoy yo, claro, que ya le conozco. Otras veces, algún testigo de Jehová, alguna vecina pidiéndole firmas para instalar televisión por cable, un cartero para entregarle una carta certificada... en fin, el mundo, en sus diversas formas. Y el mundo recibe el escalofriante espectáculo de un obeso hombre de las cavernas, rubio y semidesnudo, que contempla con desgana al visitante desde la entrada de su casa, mientras se rasca despreocupadamente el sobaco.

Pero estoy dando de Mateo la imagen que no quiero dar. Es una de las personas más brillantes que conozco. Me gusta ir a visitarle al menos un día entre semana. Nos servimos un café o una coca-cola en su cuarto, y el desde su trono y yo desde una pequeña silla de mimbre, hablamos durante horas sobre lo divino y lo humano. ("filosofía de café", como él dice). Con su voz grave, apenas un murmullo constante, me da su visión sobre las cosas, siempre con un punto de humor desilusionado tan suyo. Excepto en los momentos en los que le voy a buscar con una preocupación en la cabeza. Entonces me engaña descaradamente para hacerme sentir mejor (y yo le creo).

Mateo desconfía de todo lo "moderno". Prefiere el VHS grabado al DVD, el vinilo al CD, el correo tradicional al electrónico. Nunca navega por internet, por eso me he atrevido a escribir estas líneas sobre él. Se que nunca las va a leer. La conexión la usa sólo para su trabajo. De nada me ha servido hablarle del "project gutenberg" o del arte digital. Internet es el enemigo. Resulta curioso que piense así, teniendo en cuenta en lo que trabaja.

Pese a todo este "halo" diogenesco del que se rodea, y de no salir de casa, no son pocos sus amigos. Una vez se ha tomado uno el pequeño esfuerzo de conocerle, su presencia se convierte en una de esas cosas en tu vida que se hacen imprescindibles. Su casa siempre está abierta para todo el mundo.

En una ocasión, al ir a visitarle, me llevé una gran sorpresa. Me condujo a su cuarto (dando una patada a una bolsa de plástico por el camino) y allí, en cuclillas en el suelo, a los pies de su trono, había dos chicos de unos doce años. Me los presentó (he olvidado sus nombres) como un "novelista en ciernes" y un "joven poeta en busca de experiencias". Con un solo gesto (tiene esa habilidad) me indicó la silla de mimbre y que permaneciera en silencio. Yo accedí. Después se sentó lentamente en el trono y (alentado por las miradas de admiración de los dos chicos, que sin duda le debían ver como a un maestro espiritual, una especie de "budah" rubio) utilizando un tono de voz académico y engolado que nunca usaría conmigo por vergüenza, continuó la charla que yo interrumpí:

"El espectador que en 1968 fue al cine a ver "El planeta de los simios", basado en una novela de Pierre Boulle, con guión de Rod Serling y Michael Wilson, esperaba una película de ciencia ficción tradicional. Por aquel entonces, en plena guerra fría, el miedo a las armas nucleares y las paradojas de la teoría de la Relatividad ya formaban parte del imaginario colectivo.

"El protagonista de la historia, Charlton Heston, llega en una nave espacial a un planeta en el que se ha invertido el orden natural: los monos son la especie dominante. Torturan y esclavizan al hombre, la especie inferior, en nombre de una fe religiosa que coloca al mono como el animal elegido por Dios.

"Ayudado por la doctora Zira, un mono simpatizante de la condición humana, y acompañado por una humana a la que logra liberar, Charlton Heston consigue escapar de sus perseguidores. Aquí, el espectador de 1968 está a punto de recibir una impactante imagen final que va a hacerle cambiar su visión sobre toda la película: Charlton Heston llega a caballo a una playa. Allí, desciende, con los ojos desorbitados por lo que contempla. Grita, se lleva las manos a la cabeza, suelta un corto pero desconsolado monólogo ("¡Yo os maldigo!") y por fin la cámara nos permite ver lo que le hace reaccionar así.

"Enterrada en la arena, está la estatua de la libertad lamida por las olas. En todo este tiempo, Charlton Heston nunca ha salido de la Tierra. Es el hombre el que, mediante un holocausto nuclear, ha destruido el planeta y dado pie a que otra especie tome el lugar dominante.

"El espectador que en 2006 ve una reposición en televisión de "El planeta de los simios" ya sabe incluso antes de conocer la historia, qué es lo que va a encontrar. La estatua de la libertad enterrada en la arena forma parte, junto con la melodía de "Encuentros en la tercera fase" y los lagartos de "V", de la mitología de los "mass media". Aparece en televisión en los anuncios de la reposición, se usa como lugar común en la publicidad... Cuando finalmente se sienta a ver la película, espera todo el tiempo la famosa aparición de la estatua de la libertad enterrada en la arena. Y al llega el momento, la observa sin la menor sorpresa, e incluso llega a decirse que "en realidad tampoco era para tanto".

"Ese es el destino de todas las historias, de todos los supuestos argumentos inmortales. Todo está condenado a la desaparición o (aún peor) a la trivialización. Peter Pan es una película de Walt Disney, no una novela de J.M.Barrie. Edipo arrancándose los ojos ha dejado de emocionar, gracias a la psicología. Shakespeare hace películas de moda en Hollywood.

"¿Para qué teneis entonces tanto respeto a la letra? Escribid, escribid sin miedo a equivocaros, sin miedo a las malas críticas y al descuido gramatical. Al fin y al cabo, antes o después, todo acabará en el olvido."

Dicho esto se levantó, y con amable gentileza, condujo a los dos chicos hasta la puerta. Una vez en la cocina, comenzó a preparar café.
 
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Esto que la gente llama literatura  
06:03pm 24/07/2006
 
 
vini_vidi_fugit
HABLA ALBERTO

"reyes, soldados, mendigos, revolucionarios...
...todos coinciden en guardar silencio cuando el miedo aprieta."

Hay una tienda de comics cerca de la plaza Mayor en Madrid, por la que siempre me gusta pasarme a echar un vistazo cuando voy de visita a la ciudad. Me gusta ir por lo llamativo que me resulta que con tanto edificio de piedra y madera alrededor, tanto guiri suelto y tanto "Madrid histórico y típico", allí, precisamente allí, haya una tienda de comics.

Pero no era sobre ella sobre la que quería hablar, aunque tenga relación, sino sobre un libro que encontré en un rincón escondido en la segunda planta, y que compré por pena.

Explico esto de la pena.

Era un libro autopublicado, de una de esas ediciones infames a tres euros la copia (luego se caerían todas las páginas al abrirlo, uno obtiene lo que paga), escrito por un burgalense filólogo con pinta de macarra y chupa de cuero, que consideró (las mieles del autoengaño) que la novelita que había escrito era necesaria para el mundo y que, pese a la negativa de toda editorial decente a editar ese engendro, sacaría el dinero de su bolsillo, DE SU BOLSILLO, y lo pondría a la venta. Vive Dios.

El librito, según la sinopsis, es un "relato descarnado sobre la juventud del fin de milenio. Un relato de oscuridad, sexo y violencia en sórdidos clubes nocturnos, las catedrales de nuestra era. Una reflexión sobre el vacío de los ideales, y la crisis del creador, representado por uno de los personajes, en una ciudad amenazada constantemente por las profecías del fin del mundo y en la que nunca deja de llover". Por si esto no fuera suficiente, la solapa de atrás reza: "No me preguntéis que es el infierno. Deberíais saberlo. Vivís en él."

Lo reconozco, no fue sólo la pena la que me impulsó a comprar el libro, sino también el morbo de leer semejante macarrada.

Tras los primeros capítulos, entiendo un poco mejor al burgalense filólogo. El libro describe una ciudad "gris y asfixiante", rodeada de "callejones cubiertos de basura y vómitos", de "calles recorridas de niñas de 18 años que desean probar lo que es ser puta", de "drogas de diseño y de los chulos que las venden", pero entre toda esa imaginería oscurísima (y abrumadoramente obvia) destacan, con un cierto halo de héroes míticos Homéricos, el protagonista y sus dos o tres amigos. Los cuatro jinetes del apocalipsis. (No me lo invento, lo dice en el libro tal cual. "Los cuatro jinetes del apocalipsis". Según cuenta nuestro simpático burgalense, "nos llamaban así porque nos gustaba vestir a los cuatro de negro". Nunca he leído una peor excusa.) Los únicos capaces de conservar un cierto sentido de la poesía en el dolor. Fuertes y sensibles a un tiempo. Trasnochadores y poetas.

Y luego está el burgalense filólogo. Que por todas las señas (y escribiendo lo que escribe), se trata de un crápula y un borracho en toda regla.

¿No vemos una cierta relación entre el universo ficticio y el real? Escribir es en muchos casos un ejercicio de autobombo, o tal vez de "generación" de una mitología de la propia vida. En ese mundo imaginario, los cuatro amigos, pese a la oscuridad inmensa que los rodea y de la que indudablemente forman parte, no carecen de una dirección CLARA en sus vidas. Saben lo que hacen y saben por qué están allí. Podríamos estar más o menos de acuerdo con su modo de actuar, pero (pese al estilo post-adolescente de la novelita) nunca nos resultan ridículos. Nunca están fuera de lugar. Nunca cometen errores.

Nuestro burgalense crápula los comete, claro que sí, como cualquier ser humano. Y el placer que obtiene de escribir es el placer de encubrir sus errores. De crear una versión más perfecta, más atractiva de sí mismo. La falta de pericia narrando hace su subterfugio demasiado evidente, aunque... ¿no es el mismo que usaron en su momento otros artistas mejor considerados como Knut Hamsun... o Woody Allen... o por qué no, Baudelaire? (No menciono a Bukowsky porque siempre le he tenido un poco de manía)

Me pregunto si yo mismo no estoy buscando un subterfugio parecido, al escribir esto. Si no me invento a un cínico atractivo, el eterno crítico que nunca se equivoca. Si no invento un ideal de mí mismo en el que perderme y sentirme mejor. Y puestos a decir sandeces...

¿Para qué escribimos, si no es para engañar a nuestros lectores e incitarles a que nos contemplen no como realmente somos, sino como queremos ser vistos?
 
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